En un año que parecía haber clausurado ya sus celebraciones artísticas, cuando el calendario avanzaba hacia el silencio de diciembre, la poesía irrumpió una vez más para recordarnos que nunca deja de respirar. La noticia llegó cerca de la medianoche, con la delicadeza de un secreto y la potencia de un relámpago: la poeta lojana Andrea Rojas Vásquez obtuvo el Premio Nacional de Poesía «César Dávila Andrade» 2025 con su libro Aquí duerme la espuma, una obra que el jurado distinguió por «su sensibilidad audaz y su fuerza poética radical». Y así, de pronto, el año se iluminó, nos iluminó, nos salvó.
La primera reacción de Andrea fue tan humana como entrañable. En un gesto que nos recuerda que incluso quienes trabajan con la palabra pueden quedar sin palabras, confesó en redes:
«Me llamaron a decir que había ganado el premio César Dávila Andrade y entré en negación. Les dije: no, no, están equivocados, no gané yo. Luego me puse a llorar dramáticamente en el piso. (Estaba entrevistando a alguien mientras pasaba esto. Qué vergüenza)».
Hay momentos en los que la literatura toca la vida de una manera tan franca que nos desarma cualquier solemnidad, este fue uno de ellos. Y tal vez por eso mismo la alegría se expandió rápido, como si no solo celebráramos una distinción personal, sino un triunfo compartido entre quienes creemos que la poesía es todavía —más que nunca— una forma de resistencia, una poética del tropiezo y una forma de vincular a la comunidad.
El premio, convocado por el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana «Alfonso Carrasco Vintimilla», es uno de los más exigentes del país. Exige rigor, obra inédita, anonimato, una extensión considerable y una entrega absoluta al oficio. Pero más allá de los requisitos —que son parte de las bases técnicas del certamen— lo que distingue a este galardón es su capacidad para reconocer voces que expanden las posibilidades del lenguaje. Este año, junto a la obra ganadora, se otorgaron Menciones de Honor a Juan Fernando Auquilla por Aves y a Luis Franco González por Sísmico o las partituras remendadas de Dios, reafirmando la diversidad y la vitalidad voraz de la poesía ecuatoriana actual.
Sin embargo, lo que hace especial este momento va más allá de un veredicto. Es la historia que lo antecede. Apenas semanas atrás, Andrea había brillado como maestra de ceremonia en la premiación a otra poeta, Ana Cevallos. Su participación dejó la sensación de que ese sería su cierre del año literario: una aparición luminosa ocupando el rol de puente, de soporte y apoyo junto a su diseñadora, de anfitriona, de cuidadora del arte ajeno, pero muy suyo. Y tal vez por eso la noticia de su propia consagración resuena como una hermosa ironía del destino: la poeta que celebró la obra de otra poeta regresa ahora al centro de la poética, llamada por su propia palabra, por su propia transformación.
Andrea Rojas Vásquez pertenece a una generación que ha demostrado que la poesía no tiene territorios fijos: escribe desde la ciudad, desde el sur, desde la amistad, desde el cansancio, desde la furia luminosa, desde o que la lleven a una casita de palabras, como la ternura radical de su animal blanco. En sus versos —y en su presencia en la escena cultural— se percibe la constancia de quien ha hecho de la literatura no un gesto ocasional, sino un modo de vida. Y eso explica por qué su victoria se siente como un triunfo colectivo, porque muchas jóvenes escritoras, muchas niñas que alguna vez rayaron paredes o llenaron márgenes con dibujos y letras, se reconocen en ella. Ven en su figura una referencia, un espacio de posible, una heroína cotidiana, una verdadera revolucionaria del arte.
El premio «César Dávila Andrade» no solo confirma la calidad de su obra: le consagra un camino. Un camino tejido con poesía, pero también con gestión cultural, con trabajo comunitario, con acompañamiento a otras voces y una generosidad que sostiene, impulsa y contagia a quienes la leen.
Hoy celebramos no solo a la autora premiada, sino a la amiga, a la colega, a la cómplice en este oficio siempre incierto. Celebramos a la poeta que escribe como quien abraza con rabia y ternura, como quien levanta una luz en medio del ruido. Celebramos que la espuma —esa materia frágil y luminosa— haya encontrado en ella un lugar para dormir y despertar.
Con noticias así, el año 2025 no solo termina bien: termina en estado de poema. ¡Felicidades!

